LAS SANTIFICACIÓN ES UN ACTO ETERNO

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Santificarse significa tornarse semejante a Dios, nos santificamos al entrar en Su presencia y por medio de la obediencia a Su Palabra, cuando Lo agradamos nos preparamos para el servicio especial de servirlo como hijos.

La santificación se inicia cuando tomamos posesión del poder que hay en el nombre del Señor Jesús, lo que nos lleva a la presencia de Dios y nos conduce al bautismo con Su Espíritu.

“Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.”
1 Corintios 6:11


A partir del momento en el que comenzamos una vida de santificación, la misma se desarrolla de forma creciente, progresando rumbo a un carácter semejante al del Señor Jesús. Esto se da debido a una relación de entrega, pues a medida que nos ponemos en Su dependencia y buscamos Sus consejos, Él nos moldea de forma que nos tornamos más “capaces” para transmitir el Poder que hay en permitir que Su mano guíe nuestras vidas. El actuar de Dios en nuestro interior se refleja en el exterior, en la vida cotidiana y en las relaciones que formamos a lo largo de la vida.

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.”
2 Corintios 3:18

Siendo así la santificación es un acto eterno, pues su consumación se dará en la venida del Señor Jesús. Es Él Quien nos santifica y nos santificará, en la medida en la que así lo permitamos.

“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.” 1 Tesalonicenses 5:23-24

Gislene Xavier

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