El placer del pecado y el dolor de la consecuencia

El pecado significa transgresión de la ley. Es el villano de todos los cristianos, Pablo dice que la tribulación, la persecución, el hambre, la desnudes y la angustia jamás nos separará del Amor de Dios:

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 8:38-39

Observen que Pablo no menciona al pecado, porque es la única práctica que nos separa del amor de Dios, ni el Señor Jesús se libró de esa separación en la cruz al decir: “… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

El gran peligro del pecado es el placer ilusorio y momentáneo, el sexo ilícito, por ejemplo, su poder de seducción es tan fuerte que es capaz de hacer que en pocos segundos una persona eche todo por la borda, lo que construyó a lo largo de su vida con Dios en el Altar.

El pecado es peligroso porque alimenta la carne que vemos y tocamos, pero deja hambriento al espíritu que es invisible. Es bello a los ojos de la carne, sin embargo, su apariencia es asustadora a los ojos del espíritu. El pecado es fácil de tocarse y difícil de despegarse, es dulce para los labios de la carne y amargo para el estómago del espíritu, y hace que el alma gima y eche de menos la presencia de Dios.

En resumen, el “placer” del pecado no se compara al dolor de su consecuencia. Usted que un día probó la gracia de Dios en su vida y piensa en entregarse a cualquier tipo de pecado, recuerde que no vale la pena vivir la desgracia de su consecuencia.

Que el Espíritu de Dios los bendiga.

Obispo Sergio Corrêa

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