Viva más allá de las críticas y de las felicitaciones

hombre

¿Vio aquella persona que cuanto más la conoce más la admira? Cuanto más la recuerda, sus cualidades retumban vivas en su mente.

De esa manera representa el apóstol Pablo para mí. A pesar de que la historia lo presente como un hombre físicamente de pequeña estatura y de apariencia frágil, interiormente él fue un gigante en la fe, en la firmeza y en la humildad.

Un hombre preparado desde joven por el rabino Gamaliel, su hermano más brillante.

Extremadamente celoso de la Ley, miembro del Sanedrín, respetado por la elite de Israel y con un futuro promisorio.

Sin embargo, su sublime encuentro con el Señor Jesús lo hizo considerar todo eso como algo sin provecho, por eso dejó su vida para atrás. Antes de comenzar su ministerio, pasó tres años en el desierto de Arabia y los años siguientes en otras localidades construyendo tiendas, con pocas oportunidades de trabajos evangelísticos.

Solo después de varios años fue recordado para auxiliar a Bernabé en Antioquía. Para que Pablo pudiera serle útil a Dios tuvo que vivir grandes experiencias y madurar.

Así sucedió con Moisés, David, José, Elías e incluso con el propio Señor Jesús. Con esto, se confirma que el entusiasmo, la autosuficiencia y la sed de aprobación presentes en el nuevo convertido pueden comprometer la Obra.

Pasados los años de preparación, Pablo abrió innumerables iglesias, cruzó continentes en sus viajes, levantó muchos obreros, reunía pastores, fortalecía la doctrina, escribía, enseñaba. En fin, Pablo el “atleta de Cristo” nunca se detuvo. Hizo que la iglesia primitiva creciera y se estableciera como ninguna otra.

Por alrededor de 20 años combatió como un buen soldado. Era perseguido, pero no se desanimaba. Sin embargo, al convertirse en sexagenario, las pruebas se volvieron más crueles. Conducido a la fría y húmeda prisión en Roma, él tenía la conciencia de que difícilmente saldría de allí.

Este siervo eximio estuvo olvidado e ignorado en el cautiverio. Personas que él tanto ayudó ahora se avergonzaban de él. Ser abandonado en cualquier etapa de la vida es difícil, pero en la vejez es más amargo aún.

La vida brillante de fariseo había quedado atrás. Delante de él estaban las manos callosas del constructor de tiendas que no quiso ser una carga para nadie.

Él sabía que los días lo conducían a la Casa celestial de su Padre. De ese modo, juntaba todas las fuerzas que aún le restaban para evangelizar y escribir las cartas que hoy tenemos en nuestras Biblias. La historia cuenta que en esta etapa él evangelizó a toda la guardia pretoriana.

Por haber tenido innumerables amigos e hijos en la fe, se esperaba que en el día del juicio alguien estuviera en la corte para intentar defenderlo, pero nadie se presentó.

Seguimos el próximo jueves, ¡aguarden!

Nubia Siqueira

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